tengo el frío regalo de la empatía por mi persona.
(ya no quiero tener nada que ver con el calor, con la adherencia a uno mismo de este, es como si fueras una mosca pegada en una trampa adhesiva… si! esa soy yo, la mosca, pero de 24 años… Así que desde ahora, cualquier inspiración de un tiempo afable, será representada con la deliciosa pesadez del frío genuino, el que produce Mamá Dios, no el que se produce con estas maquinitas blasfemas llamadas aires acondicionados)
Envejecer es un regalo, estoy en el punto que no he olvidado lo que es ser un niño aunque sepa lo que es ser un adulto: la pesadez, la tristeza, el sentido de las cosas… La esencia de la infancia es una musculatura dura que sostiene la faena en la que me veo obligada a sumergirme y en la que al mismo tiempo entro por voluntad propia, no sé si por masoquismo o por retener la ilusión de progreso en mi persona. Al menos, se puede respirar a través de ella, aunque un poco ahogado.
He vivido tantas vidas. La presente no se manifiesta con sorpresa o excitación y a pesar de todo, aun siento el silencio rozar mis muslos en las noches y al cielo tirárseme encima, solapando el vacío abismo que me alberga.
No soy feliz.
Pero soy capaz de atender que la felicidad es una tarea con duración de vidas enteras.
Me veo aterrado en los demás. Son tan raros, me obsesiona su novedad, me encuentro como una madre cuervo, que a sabiendas de que sus ojos peligran no puede evitar criar polluelos ingratos y solubles.
Otro de mis rezos incluye no caer en sentir ambición por las migajas solo porque tengo hambre.
Tengo hambre. ¡Qué hambre!
¿Qué habré venido a hacer aquí si nada me sacia? ¿Y si lo que me sacia me aterra? ¿Es acaso mi destino el de una fiera hambrienta y miserable? ¿Por qué este temporero ha tenido que vivir tantas vidas en estos sitios donde nos carcome el hambre? Pero el hambre que espera la jartura no es hambre, así que no me importa lo que venga en mi camino. Soy como la flor de monte, viva a pura fuerza de voluntad.
¿Alguna vez podré ser simple como Ulises y pasar la tarde jugando videojuegos? No me gustan los videojuegos. Creo que por eso que no me gusta producir música, lo he intentado, pero se siente como jugar a uno, soy resiliente a los procesos, terca hasta para vivir; pero la música es mi destino frustrado y muerto así que tengo esa deuda pendiente.
…
Aunque el destino no existe y la libertad me abruma, uno hace lo que escoge, o realmente uno hace lo que le nace, lo que le gusta. ¿De donde nace eso si no es de uno? ¿De dónde me gustan las cosas si no controlo mi atracción? Concluyo que uno es un mero traductor.
Si me gustaran más las migajas iría tras ellas, si me sintiera más afín a las cucarachas no las mataría con la planta de mis pies mientras estoy desnuda y si no tuviera corazón no sufriría tanto.